CINDERELLA. La Riviera (Madrid), 09/06/2010

Curioso ha resultado tener la oportunidad de tomarle el pulso, con apenas cinco días de diferencia, a las luces y las sombras de los que otrora fueran protector mecenas (Jon Bon Jovi) y aventajado alumno (Tom Keifer). Mientras uno, convertido en eterno chico del póster, revienta estadios a golpe de inofensivo y descafeinado pop rock para toda la familia, el otro, instalado en confortable Día de la Marmota, pasea por los casinos del Medio Oeste una discografía voluntariamente congelada hace casi veinte años. Nada esencialmente indigno ni glorioso en ninguno de los dos casos, si bien el corazón y la entrepierna invitan a decantarse por el que, aun economizando esfuerzos y entrega, mantiene su fidelidad al hard rock y todavía recuerda cómo extraer los quilates atesorados en Night Songs, Long Cold Winter o Heartbreak Station (Still Climbing continúa tan olvidado por Keifer como lo ha estado el Viejo Continente hasta esta sorpresiva escapada trasatlántica). No cabía esperar grandes alardes y no los hubo, ni en duración ni en despliegue de energía, pero tampoco hubo lugar para la decepción ni el reproche hacia una banda que aún hace gala de un muy aceptable estado de forma, despacha lo suyo con más dignidad y coherencia que la mayoría de sus coetáneos y no necesita recurrir a los excesos de pirotecnia o nostalgia para satisfacer a un público que, dicho sea de paso, venía de casa más que predispuesto a ello. Para alguien que vio pasar su tren hace ya dos décadas, más que suficiente.

Publicada en el número 273 (julio/agosto de 2010) de la revista Ruta 66

WHITESNAKE. La Riviera (Madrid), 31/07/2008

Whitesnake

Resulta doloroso afirmarlo tan crudamente, pero lo de David Coverdale a día de hoy ya no tiene ni nombre. Muchos han sido los pecados artísticos cometidos y perdonados desde el diametral golpe de timón propinado a la trayectoria de Whitesnake con la publicación del multiplatino 1987, pero jamás alcanzaron éstos el calado y las cotas de ignominia de la pantomima desplegada sobre el escenario de La Riviera. Hace tiempo que llegamos a asumir que Coverdale no tiene ningún interés por reconducir su carrera y recuperar la senda del hard blues de sus mejores años, pues es patente y manifiesto que es el terreno del hard rock melódico, efectista y comercial donde ahora se mueve con comodidad y obtiene unos dividendos a los que no parece dispuesto a renunciar. Habíamos conseguido hacernos a la idea de que nunca volveríamos a verle registrar nada remotamente parecido a Lovehunter o Ready an’ Willing y que tendríamos que soportar engendros tan poco inspirados como el reciente Good To Be Bad cuando finalmente se decidiese a grabar algo en estudio como excusa para emprender una nueva gira. Incluso logramos asimilar que se rodease de una banda de cretinos sin talento absolutamente indignos de calzarse las botas que antaño llevaron Neil Murray, Bernie Marsden, Micky Moody, Tommy Aldridge o Cozy Powell, aparcando cualquier atisbo de pericia instrumental o feeling para entregarse sin reparo a la pirotecnia más vacua y el despliegue de poses sonrojantes. Pero lo que de ninguna manera tiene explicación es el hecho de que un individuo al que hasta ahora teníamos por un caballero y un artista íntegro, insulte la inteligencia de su público recurriendo al playback para cubrir sus manifiestas carencias vocales (generadas, por otra parte, por los excesos que el mismo lleva años cometiendo al dedicarse a proferir unos alaridos que nada tienen que ver con su registro natural). Porque una cosa es el uso de reverbs, delays y demás recursos tecnológicos más o menos aceptables, y otra es el empleo en muchas fases del concierto del más zafio y ruin de los engaños que un vocalista puede cometer, dilapidando todo su crédito por culpa de su empeño en no afrontar la realidad de su edad, su estado vocal y sus propias limitaciones. Si no es capaz de alcanzar los agudos más imposibles, que se refugie en la calidez de los tonos graves en los que siempre ha ofrecido lo mejor de sí mismo y todavía se defiende con dignidad. Si no puede aguantar el ritmo frenético de varios días seguidos actuando, que se replantee las giras de otra forma y se tome las cosas con más calma. Y si no sabe asumir que tiene 57 años y ya no es el que era, que se retire ya mismo y nos ahorre la sensación de robo y escarnio de actuaciones como esta. A ver con qué cara volvemos a pinchar ahora Live In The Heart of The City

Publicada en el nº 253 (octubre de 2008) de la revista Ruta 66