Lorenzo Woodrose está en buena forma. Muy buena. Cerró el pasado ejercicio facturando con sus propias manos uno de los más reivindicables álbumes de la temporada y ha arrancado el presente rayando a similar nivel en directo, para gozo y deleite de aquellos que no le han vuelto la espalda y contrariedad de más de un cenizo que lo dio prematuramente por perdido en sus vicios y demonios internos. Puso en órbita el danés un repertorio vigoroso y embriagador, cimentado casi exclusivamente en su triada más rotunda y concisa (los seminales Blow Your Mind y Money For Soul y el mencionado Baby Woodrose) y salpimentado por su tributo a los nunca bien ponderados The Painted Faces en forma de “I Lost You In My Mind”, la concesión a su indisimulada vena más pop con el “Till The End Of The Day” de los Kinks y su sorprendente relectura en clave de medio tiempo del “Beat City” de The Raveonettes, puntual remanso de calma entre la distorsión y la fogosidad dominantes. Con una segunda guitarra ocupando el lugar del Hammond como cuarto huésped de la nave, el acento psicodélico devino esta vez en arrebato eléctrico y los cuelgues oníricos mudaron en paroxismo guitarrero, dejando para mejor ocasión la hipnosis y la experimentación y desbocando en su lugar la vertiente más fibrosa y frenética de la criatura, mucho menos narcótica pero igualmente subyugante. Tanto como cabía esperar o incluso más.

Publicada en el número 268 (febrero de 2010) de la revista Ruta 66

Curioso ha resultado tener la oportunidad de tomarle el pulso, con apenas cinco días de diferencia, a las luces y las sombras de los que otrora fueran protector mecenas (Jon Bon Jovi) y aventajado alumno (Tom Keifer). Mientras uno, convertido en eterno chico del póster, revienta estadios a golpe de inofensivo y descafeinado pop rock para toda la familia, el otro, instalado en confortable Día de la Marmota, pasea por los casinos del Medio Oeste una discografía voluntariamente congelada hace casi veinte años. Nada esencialmente indigno ni glorioso en ninguno de los dos casos, si bien el corazón y la entrepierna invitan a decantarse por el que, aun economizando esfuerzos y entrega, mantiene su fidelidad al hard rock y todavía recuerda cómo extraer los quilates atesorados en Night Songs, Long Cold Winter o Heartbreak Station (Still Climbing continúa tan olvidado por Keifer como lo ha estado el Viejo Continente hasta esta sorpresiva escapada trasatlántica). No cabía esperar grandes alardes y no los hubo, ni en duración ni en despliegue de energía, pero tampoco hubo lugar para la decepción ni el reproche hacia una banda que aún hace gala de un muy aceptable estado de forma, despacha lo suyo con más dignidad y coherencia que la mayoría de sus coetáneos y no necesita recurrir a los excesos de pirotecnia o nostalgia para satisfacer a un público que, dicho sea de paso, venía de casa más que predispuesto a ello. Para alguien que vio pasar su tren hace ya dos décadas, más que suficiente.

Publicada en el número 273 (julio/agosto de 2010) de la revista Ruta 66

The Wildhearts

Grupo maldito, banda de culto, bastardos sin suerte… Lugares comunes y sandeces más o menos afortunadas para recalcar algo tan obvio como el hecho de que The Wildhearts son una formación con un discografía sin fisuras y un directo superlativo, pero con un predicamento y una capacidad de convocatoria muy inferiores a los que corresponderían a un combo con semejantes galones. Al diablo con todo: los asistentes a los tres recitales peninsulares de los británicos saben que los desgraciados son los otros, los que se lo perdieron. Tildar de históricas estas actuaciones nos devolvería al maniqueo territorio de la frase hecha, aunque poco menos se puede decir de un bolo que arranca con dos sopapos como «Vanilla Radio» y «Caffeine Bomb» y ya no afloja el pistón en ningún momento, agarrándote por el pescuezo y no dejándote ni una sola vértebra en su sitio. No se queda la cosa, sin embargo, en el simple despliegue de pepinazos punkrockeros vibrantes y desbocados, pues si bien en ese terreno The Wildhearts combustionan a plena potencia, no lo hacen menos en el desarrollo de auténticas gemas de orfebrería metal pop, evidencias de la hiperbólica efervescencia creativa del viejo Ginger y de la capacidad de la banda para bascular entre la melodía de «Sick Of Drugs» y la rabia furibunda de «Suckerpunch», apabullar con un monolítico «Everlone» y soltar una revisión del «Carmelita» del difunto Warren Zevon como el que no quiere la cosa. La liaron tan gorda que consiguieron dejarse alucinados a sí mismos (las caras de sorpresa y satisfacción de Ginger y CJ al ver la sala en pleno coreando «Rooting For The Bad Guy» fueron para enmarcarlas), montando tal jolgorio que hasta Jason Ringenberg decidió adelantar una noche su aparición sobre el escenario de El Sol y sumarse a la fiesta con versión de los Scorchers incluida. Con el debido respeto a Stacey Earle y Mark Stuart, dudo muchísimo que el de Illinois disfrutase del mismo modo al día siguiente…

Publicada en el nº 255 (diciembre de 2008) de la revista Ruta 66

Fu Manchu

Menos mal que vinieron Fu Manchu a poner las cosas en su sitio y brindarle a la parroquia stoner un bolo en condiciones, porque lo de Nebula de apenas una semana antes fue como para correrlos a gorrazos de vuelta a Los Angeles. Muy al contrario, allí donde Eddie Glass y sus mercenarios no mostraron sino apatía y desidia (amén de algunas señales de que lo suyo tenía mucho más de intoxicación severa que de jet lag), sus ex-compinches se entregaron como bestias a la edificación de un solidísimo e infranqueable muro de riffs, aplicando un severo correctivo a los tímpanos allí apiñados como chinches. Bronco y furioso, duro y a la encía. Cierto es que lo hicieron sin saltarse ni una línea del guión estipulado ni sorprender mínimamente a nadie, pero ni ellos lo pretenden (pocos alardes imaginativos han buscado en el efectivo pero esencialmente caligráfico Signs Of Infinite Power), ni parece que nadie se lo vaya a demandar demasiado mientras sean cosas como «Laserbl’ast!», «King Of The Road» o «Evil Eye» con las que sigan dando la matraca. Al fin y al cabo, el género da para lo que da y tampoco vamos a venir a refundarlo ahora…

Publicada en el nº 269 (marzo de 2009) de la revista Ruta 66

Rock City Morgue

Apuntaron siempre estos entrañables monstruos de Nueva Orleans a nuevo (e inmerecido) secreto demasiado bien guardado en las catacumbas del rock, y es más que probable que nunca lleguen a asomar cabeza fuera de ellas, si bien esta vez al menos hubo inesperada y positiva respuesta por parte de cierto sector de la tropa capitalina al que todavía se le intuye algo de criterio a la hora de no guiarse por los arcanos de las revistas de tendencias, el blog del iluminado de turno o vaya usted a saber qué otro extraño designio. Aún se antojó éste exiguo premio para una banda tan estimulante como Rock City Morgue, que con tanto fuste arma lo suyo en torno a un trasfondo de horror y serie B que en ellos no chirría ni resulta impostado, una colección de canciones robustas como robles y una presencia escénica que debería ser materia de estudio en las escuelas. Quedaría por ver, claro está, qué centro educativo se atrevería a contar como catedrático con un tipo tan hipnóticamente inquietante como Rik Slave, una suerte de imposible híbrido entre Mick Jagger, Nick Cave, John Waters y el Monstruo de la Laguna Negra que llena y devora las tablas y se maneja con voz más que notable tanto en las tonadas propias como en los acertadísimos guiños a Roky Ericson en forma de «Night Of The Vampire» y «I Walked With A Zombie». Si con un discazo como The Boy Who Cried Werewolf y bolos como este no dejan de ser de una maldita vez “la nueva banda de la tía que tocaba el bajo en White Zombie”, aquí estará fallando algo. Y no serán ellos, desde luego.

Publicada en el nº 272 (junio de 2010) de la revista Ruta 66

Como todo en esta vida, la buena reputación hay que merecerla y saber ganársela, y no cabe duda de que la del equipo de Abnormal Cycles responde sobradamente a ambas premisas. Precedido por sus recientes títulos como Campeones de Europa y del Mundo de constructores en la categoría Harley Davidson Modified, el de estos italianos fue uno de los stands que más expectación y comentarios suscitó en el Mulafest de principios de este verano, gracias muy especialmente a la Union (una auténtica obra de arte en forma de equipo sidecar que en los últimos meses les ha obligado a ampliar el tamaño de su vitrina de trofeos), pero también de la mano de esta Ton-Up, que no hace sino añadir su particular granito de arena al sobradamente conocido nombre de la escuela transalpina en lo que a cafe racers se refiere.

Ton-Up Sporty

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The Love Me Nots

Sabido es que esto del garage siempre fue terreno más y mejor abonado para el pildorazo frenético y fugaz que para la búsqueda de los tres pies del gato y demás mandangas. Lo de este cuarteto de Phoenix bien se podría tomar como paradigmática ilustración de semejante perogrullada, pero también como rotunda muestra de que al asunto se le puede sacar mucha miga a nada que se le engrasen las costuras con unas mínimas gotas de sucio blues y, sobre todo, se le saque una punta punk como la que lleva a The Love Me Nots a jugar en una liga mucho más próxima a la de unos Lords of Altamont que a la de cualquier inofensivo combo de facilón revival minifaldero. Aprobaban con holgada puntación sus tres álbumes de estudio y aún subieron nota y temperatura con su resolutivo directo, vigorizante juerga sobrada de sensualidad y entrega por parte de una banda que sabe jugar sus bazas de modo suficientemente enérgico y directo como para que nada se pierda por las interferencias. Fuzz y Farfisa, carretera y manta. Tienen la imagen, las canciones, la actitud y el sentido del humor adecuados. Otros no encuentran dos de esas cuatro cosas ni en veinte años de carrera.

Publicada en el nº 272 (junio de 2010) de la revista Ruta 66

¿Un grupo holandés facturando stoner rock con trompeta y en castellano? Bueno, después de ver a una banda británica como Gypsy Pistoleros metiéndole mano en clave sleazy al cancionero de los Chunguitos, por aquí ya nos lo creemos todo… Al fin y al cabo, tampoco resulta tan inverosímil que, habiendo pasado buena parte de su juventud en países como Ecuador, Colombia, Perú, Nicaragua o Costa Rica, estos neerlandeses hayan acabado abjurando de sus sobrias raíces centroeuropeas y abrazando el lenguaje, la cultura, el clima y la comida latinas, elementos que les ponen mucho más las pilas y motivos esenciales por los que han elegido nuestro país para abrir brecha de cara a su inminente asalto a Latinoamérica. “Montamos la banda con la idea de no tocar en Holanda, que es algo que ya habíamos hecho y cubierto de sobra con nuestros anteriores grupos”, relata el bajista Jaap Melman. “Allá la escena musical es ahora muy comercial, en los años 90 todo el mundo escuchaba rock pero después llegaron el techno y otros géneros y el rock se fue. Creemos que en España y Latinoamérica, que son países que nos encantan, íbamos a tener la oportunidad de hacer la música que queríamos, mientras que en Holanda no iba a ser así”.

Pendejo!
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Airbourne

Tiene esto de adscribirse tan descaradamente al rebufo de un nombre totémico, máxime cuando se trata de una formula band entre cuyas intenciones no está precisamente la reinvención de la rueda, un marcado y peligroso doble filo. Por un lado, pillas rueda de una receta de eficacia probada y te permites el lujo de pescar réditos en su legión de seguidores; pero, por otro, sitúas de entrada tu propio listón casi tan alto como el del “homenajeado”, limitas drásticamente la capacidad de evolución y crecimiento de tus argumentos creativos y te obligas a ofrecer un plus de interés al respetable para que éste fije en ti su mirada, en vez de hacerlo en el artículo original o en cualquier otra banda con discurso propio. Superaron Airbourne con cierta soltura los primeros exámenes de la mano de Runnin’ Wild, un álbum tremendamente funcional en sus sencillas pretensiones de disfrute puño en alto y cerveza en mano, pero se la pegaron a base de bien en una presentación madrileña que, contra pronóstico, no hizo sino poner de manifiesto todas sus carencias y la linealidad que desarrollan más allá del primer impacto, demostrando que, o tuvieron una noche especialmente floja, o aquí hay mucha menos pólvora de la que se intuía. Hicieron rugir lo suyo a la platea más joven y metálica, eso sí, pero, en honor a la verdad, los barceloneses ’77, con bastante menos pirotecnia y muchos más arrestos, se los comieron por una pata.

Publicada en el nº 270 (abril de 2010) de la revista Ruta 66

Dustaphonics

Curioso e hiperactivo tipo este Healer Selecta: guitarrista, productor, DJ, cabeza visible del colectivo londinense Raison D´tre, responsable de unas cuantas recopilaciones rompepistas de lo más recomendable (ojito a los cuatro volúmenes de la serie Buttshakers) y ahora líder y fundador de los sensacionales Dustaphonics como válvula de escape para la decena de cortes que su discográfica le rechazó por encontrarlos demasiado rockeros. Ignoro a qué iluminado A&R cabe agradecerle semejante desmán, pero el caso es que su fruto es una auténtica bomba de rock n’ roll, soul y garage que deja en pañales a los actuales Bellrays, e incluso me atrevería a decir que supera el impacto inicial que éstos nos provocaron con su irrupción hace ya un par de décadas. En primer lugar, por el calibre de temazos como «Burlesque Queen», «Catwoman» o «The Jinx», que no en vano ya han puesto a sus pies a personajes como Tura Satana o el mismísimo Russ Meyer, y en segundo y más importante, por el descubrimiento que supone la arrolladora presencia escénica, la explosiva sensualidad y la garganta de terciopelo de su vocalista Ayna, nueva musa de más de uno que de salió del Wurli con la sonrisa de oreja a oreja y su tremenda versión del «Shot Down» restallando aún en la cabeza. No fue para menos: esta gente se trae algo grande entre manos. Y si no fuiste uno de los cuatro gatos allí reunidos, ya tardas en enterarte.

Publicada en el nº 269 (marzo de 2010) de la revista Ruta 66