Corpse Paint – Las pinturas de guerra de Satán

Per Yngve Ohlin, más conocido como Dead, era un hombre profundamente obsesionado con la muerte. Un individuo melancólico, oscuro y depresivo, que se veía a sí mismo como un auténtico muerto en vida y que se empeñó en llevar su tanática pulsión hasta el extremo en todos los sentidos, culminando con su sangriento suicido a la edad de 22 años en 1991. Un trágico punto y final no demasiado sorprendente para una trayectoria en la que su afán por alcanzar nuevas cotas de extremismo con Mayhem (banda de la cual fue vocalista desde 1988 hasta la fecha de su óbito) lo llevó a rodearse constantemente de muerte, putrefacción y automutilación, reconvirtiendo incluso su propia imagen en la de un cadáver por medio del corpse paint, estilo de maquillaje facial y corporal indisolublemente asociado desde entonces con el black metal noruego. No fue el suyo el primero, ni quizás tampoco el más definitorio, pero sí puede considerarse como el responsable de su popularización y de su conversión en elemento casi obligatorio en una escena en la que el impacto visual y el componente ceremonial poseen una importancia capital.

Corpse Paint
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Pin-Ups del Siglo XXI

Pin-Up, cheesecake, chica del póster… Puedes llamarla como quieras, pero lo que está claro es que sus carnosos labios rojo carmín, sus voluminosos pechos y sus piernas infinitas han vuelto con más fuerza y presencia que nunca. Dentro del desbordante revival que vivimos actualmente y que fagocita, recrea y explota sin pudor cualquier elemento que tenga que ver con la iconografía de las décadas de los 40 y los 50 (en Estados Unidos, por supuesto), no podía faltar el más sensual y glamuroso de todos ellos: la chica explosiva de cuerpo perfecto y rostro angelical que lanzaba desde las portadas de las revistas una mirada inocente y seductora a partes iguales.

Dita Von Teese

Un poderosísimo icono que, más de medio siglo después, mantiene intacto todo su esplendor y su encanto, gracias a su capacidad de evocación de un momento y un lugar que, pese a resultarnos totalmente ajeno y distante, percibimos como dorado. El music hall, el Hollywood clásico, el cabaret, los nuevos aires de libertad… y una Segunda Guerra Mundial en la que los soldados norteamericanos decoraban sus taquillas y los morros de sus aviones con las imágenes de aquellas seductoras figuras, amuleto de la suerte en combate y motivo más que sobrado para soñar con volver a casa de una pieza y estrecharlas en sus brazos.

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