Chanson Rusa – Melodías desde el gulag

La vida en prisión, el arrepentimiento, la búsqueda de expiación y, cómo no, el amor perdido por la privación de libertad. Temas habituales en infinidad de canciones, que casi automáticamente nos llevan a pensar en géneros musicales tan inequívocamente anglosajones como el blues, el country o el gansta rap. Pero no es este el caso. La desgarrada voz del bardo que nos ocupa procede de una celda y canta en ruso, entonando con melancólica épica blatnaya pesnya (canciones criminales) que conforman la banda sonora oficiosa de una nación en la que, tal y como reza el proverbio, “nadie está a salvo de la cárcel ni de la pobreza”.

Chanson Rusa

Pese a que el término “chanson rusa” sea un neologismo acuñado en la década de los 90, sus raíces provienen de la Rusia prerrevolucionaria, en la que los siervos y prisioneros políticos de los zares (futuros líderes bolcheviques entre ellos) ya lamentaban en forma de canciones el infortunio y el dolor del encierro, plantando así la semilla de un legado melódico y poético incomparable al de la música carcelaria de cualquier otro lugar del mundo y fundamental para el folklore ruso desde entonces hasta nuestros días.

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Corpse Paint – Las pinturas de guerra de Satán

Per Yngve Ohlin, más conocido como Dead, era un hombre profundamente obsesionado con la muerte. Un individuo melancólico, oscuro y depresivo, que se veía a sí mismo como un auténtico muerto en vida y que se empeñó en llevar su tanática pulsión hasta el extremo en todos los sentidos, culminando con su sangriento suicido a la edad de 22 años en 1991. Un trágico punto y final no demasiado sorprendente para una trayectoria en la que su afán por alcanzar nuevas cotas de extremismo con Mayhem (banda de la cual fue vocalista desde 1988 hasta la fecha de su óbito) le llevó a rodearse constantemente de muerte, putrefacción y automutilación, reconvirtiendo incluso su propia imagen en la de un cadáver por medio del corpse paint, estilo de maquillaje facial y corporal indisolublemente asociado desde entonces con el black metal noruego. No fue el suyo el primero ni quizás tampoco el más definitorio, pero sí puede considerarse como el responsable de su popularización y de su conversión en elemento casi obligatorio en una escena en la que el impacto visual y el componente ceremonial poseen una importancia capital.

Corpse Paint
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Honda Cafe Fifty – Ejercicio de buen gusto

Concebida como robusto vehículo de uso diario y construida a capricho hasta el último detalle por Borja, un obseso de las transformaciones de aspecto clásico y componentes modernos, esta preciosidad es la reencarnación de una Honda CB 750 Seven Fifty del 92 de la cual se ha mantenido únicamente la parte central del chasis de serie y el motor, elegido precisamente por su dureza y fiabilidad.

Honda Cafe Fifty

Partiendo de la idea de una moto baja, larga y gorda, de diseño sencillo y elegante, su propietario ha buscado una tetracilíndirica con la que moverse a buena velocidad sin que la flojera de su puño derecho y la potencia de una moto actual le traicionasen, y que tuviese además ese sonido, olor y comportamiento que sólo transmite una moto de 20 años. Una imagen y un objetivo al que Borja le ha estado vueltas durante mucho tiempo, y que finalmente ha podido llevar a cabo tras vender su anterior Ducati Sport Classic, disponer de un espacio adecuado en el que robarle muchas horas a los días y las noches y engañar a toda la familia para apoyarle y echarle más de un cable. Siendo la primera moto que transformaba en serio y desde cero, los problemas con los que se ha encontrado y que la experiencia quizás habría evitado no han sido pocos, pero bien han merecido la pena todos los esfuerzos (incluido el económico) a tenor de los resultados.

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LOS CHICOS – We Sound Amazing But We Look Like Shit

(DIRTY WATER RECORDS)

No es de extrañar que los madrileños se sientan mucho más orgullosos del sonido alcanzado en su cuarto disco que de su look de irredentos crápulas tabernarios, y no sólo por el innegable modo en que este último flirtea con el desastre. Pueden y deben encontrarse satisfechos por haber logrado de una maldita vez un disco que le hace verdadera justicia a lo que el grupo es y representa, enlatando buena parte (el total sería sencillamente imposible) de lo que desarrollan en el hipervitaminado pandemonio que son sus directos, faceta en la que su reputación no conoce rival y que por algo les ha llevado a convertirse en uno de nuestros combos más internacionales. Quizás por ser precisamente esta la primera ocasión en la que la banda no ha concebido el álbum como un mero pretexto para lanzarse de cabeza a su hábitat natural, sino como un fin en sí mismo desde la primera hasta la última de sus canciones, Los Chicos han fraguado aquí un trabajo que asienta definitivamente su desbordante personalidad con un sonido que, por encima de cualquier referencia, suena a ellos mismos de modo inequívoco y nos trae algunos de los temas más potentes, frescos y divertidos que jamás hayan grabado. Tal vez con una mayor limpieza de la habitual en ellos y con unas gotas de powerpop más perceptibles en su habitual mixtura de rock, R&B, punk, garage y blues, pero, por encima de todo, con una vitalidad, una energía, una creatividad y un buen gusto envidiables desde la elección de todos y cada uno de los invitados que participan en el disco hasta la preciosa portada que lo envuelve. Así se hacen las cosas.

Publicada en el número 15 (noviembre de 2010) de la revista Rock Estatal

DEPEDRO – Papiroflexia Emocional

La apuesta más íntima y personal de Jairo Zavala (La Vacazul, 3000 Hombres, Amaparanoia…), aquella con la que el madrileño da rienda suelta a su faceta más cálida, relajada y aperturista, ya tiene continuación a su aclamado debut. Tras dos años de carretera infinita, buena parte de ella recorrida junto a Calexico en su doble rol de telonero y guitarrista de los de Tucson, ve la luz Nubes de papel, consolidación y ampliación de un expansivo crisol de influencias y matices que bebe con igual falta de prejuicios del flamenco, el blues o el folk y de los ritmos latinos, africanos o brasileños.

¿Cuáles serían las principales diferencias entre Nubes de papel y tu primer disco como Depedro?

Ha habido diferencias sobre todo en el proceso de grabación, que ha tenido lugar durante estos dos últimos años de viajes. No he esperado a tener todas las canciones acabadas para meterme un mes en el estudio a hacerlo. Si estaba en Arizona y por lo que fuera tenía una semana libre, intentaba pillar tres días de estudio y me metía ahí a grabar lo que tenía en la cabeza, y lo mismo aquí en Madrid. A nivel de composición y producción hay más colores, porque he tocado con muchos artistas en muchos festivales en diferentes países, con diferentes culturas, diferentes acentos… y todo eso acaba ahí, inevitablemente. También es un disco más reflexivo, he hecho mayor hincapié en las letras y me he currado más cómo depurar la emoción que quiero transmitir para que llegue de una manera más clara. Yo creo que ha sido por la cantidad de horas que me he pasado esperando aviones o metido en furgonetas (Risas). Sigue leyendo

CINDERELLA. La Riviera (Madrid), 09/06/2010

Curioso ha resultado tener la oportunidad de tomarle el pulso, con apenas cinco días de diferencia, a las luces y las sombras de los que otrora fueran protector mecenas (Jon Bon Jovi) y aventajado alumno (Tom Keifer). Mientras uno, convertido en eterno chico del póster, revienta estadios a golpe de inofensivo y descafeinado pop rock para toda la familia, el otro, instalado en confortable Día de la Marmota, pasea por los casinos del Medio Oeste una discografía voluntariamente congelada hace casi veinte años. Nada esencialmente indigno ni glorioso en ninguno de los dos casos, si bien el corazón y la entrepierna invitan a decantarse por el que, aun economizando esfuerzos y entrega, mantiene su fidelidad al hard rock y todavía recuerda cómo extraer los quilates atesorados en Night Songs, Long Cold Winter o Heartbreak Station (Still Climbing continúa tan olvidado por Keifer como lo ha estado el Viejo Continente hasta esta sorpresiva escapada trasatlántica). No cabía esperar grandes alardes y no los hubo, ni en duración ni en despliegue de energía, pero tampoco hubo lugar para la decepción ni el reproche hacia una banda que aún hace gala de un muy aceptable estado de forma, despacha lo suyo con más dignidad y coherencia que la mayoría de sus coetáneos y no necesita recurrir a los excesos de pirotecnia o nostalgia para satisfacer a un público que, dicho sea de paso, venía de casa más que predispuesto a ello. Para alguien que vio pasar su tren hace ya dos décadas, más que suficiente.

Publicada en el número 273 (julio/agosto de 2010) de la revista Ruta 66

Shangaan Electro – El hipercinético latido de Soweto

No es sólo un baile, ni un estilo musical. Es el movimiento, el sonido y el latido de todo un pueblo. Un latido muy, muy rápido, que desencaja los huesos y pulveriza cualquier récord para llegar a unos vertiginosos 189 beats por minuto capaces de hacer morder el polvo al más experto en la pista de baile. Sin embargo, no es en los clubs de ninguna populosa urbe donde el Shangaan Electro tiene su origen, sino en las calles de las poblaciones de la septentrional provincia sudafricana de Gaza, hogar de la etnia Tsonga y cuna del sonido Shangaan tradicional, caracterizado por las fluidas líneas de guitarra y percusión ejecutadas en su día por artistas como Thomas Chauke, Peter Tangwena o el General MD Shirinda, conocido por su participación en el mítico y multiplatino “Graceland” de Paul Simon.

Shangaan Electro

Eso fue en 1986, y tras esa puntual exposición al público masivo, el Shangaan continúo recluido en las ondas de Munghana Lonene FM, una pequeña emisora que emitía en tsonga y cuyo alcance apenas incluía la región de Limpopo, origen del hombre que lo cambió todo: Richard Mthetwa, más conocido como Nozinja. Creador, ideólogo, padrino y embajador del Shangaan Electro, Mthetwa pasó de regentar una tienda de reparación de móviles a dotar de voz a toda una generación, respetuosa con la identidad y la herencia de sus mayores pero ansiosa por desarrollar un lenguaje propio.

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Pin-Ups del Siglo XXI

Pin-Up, cheesecake, chica del póster… Puedes llamarla como quieras, pero lo que está claro es que sus carnosos labios rojo carmín, sus voluminosos pechos y sus piernas infinitas han vuelto con más fuerza y presencia que nunca. Dentro del desbordante revival que vivimos actualmente y que fagocita, recrea y explota sin pudor cualquier elemento que tenga que ver con la iconografía de las décadas de los 40 y los 50 (en Estados Unidos, por supuesto), no podía faltar el más sensual y glamuroso de todos ellos: la chica explosiva de cuerpo perfecto y rostro angelical que lanzaba desde las portadas de las revistas una mirada inocente y seductora a partes iguales.

Dita Von Teese

Un poderosísimo icono que, más de medio siglo después, mantiene intacto todo su esplendor y su encanto, gracias a su capacidad de evocación de un momento y un lugar que, pese a resultarnos totalmente ajeno y distante, percibimos como dorado. El music hall, el Hollywood clásico, el cabaret, los nuevos aires de libertad… y una Segunda Guerra Mundial en la que los soldados norteamericanos decoraban sus taquillas y los morros de sus aviones con las imágenes de aquellas seductoras figuras, amuleto de la suerte en combate y motivo más que sobrado para soñar con volver a casa de una pieza y estrecharlas en sus brazos.

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CAFE RACER DREAMS

Disfrutar de cada momento y lograr convertir en oficio la pasión es algo que todos anhelan pero, desgraciadamente, muy pocos alcanzan a materializar. Respaldados por la incasable sed de cumplir un sueño, los responsables de Cafe Racer Dreams pueden presumir de haber entrado en ese selecto grupo de privilegiados.

Cafe Racer Dreams

La historia, curiosamente, arrancó de modo casi accidental hará unos tres años, con la compra por parte de Pedro García de una CB 900 Bol D’or con la intención de prepararla y restaurarla como una moto de competición, pero destinada al uso diario. Tras toparse con la incomprensión de varios talleres que le tomaron poco menos que por loco por pretender invertir dinero en semejante antigualla, Pedro decidió hacerla por su cuenta y riesgo, investigando en diversos foros y contando con la inestimable ayuda de los chicos de Cafe Racer ´09 y de su amigo Santi para empezar a dar forma al proyecto. Con la idea del diseño más que clara, la experiencia de su etapa en Ducati y el apoyo de algunos mecánicos conocidos, poco tiempo después aquella “feucha” a la que tantos habían cerrado sus puertas se convertía en la primera de la saga, la CRD#1.

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ALBERTUCHO – Bandera Pirata

“En este disco me encuentro a mí mismo y todo lo que ha ido pasando por mi vida, y veo que lo he expresado de una manera muy natural. En esta profesión, si tienes inquietud y lo haces de corazón, al final te vuelves un melómano, y eso es lo que me ha pasado a mí. Me gusta tanto la música que quería no cambiar, pero sí hacer un punto y seguido, reposar todo lo que he escuchado y hacer un disco con el que yo esté contento y con el que me sienta identificado”. La voz y la mirada de Albertucho no reflejan sino franca satisfacción a la hora de referirse a Palabras del Capitán Cobarde, un álbum con el que el sevillano dimite en buena medida de parte de los tópicos del rock estatal con los que hasta ahora se le asociaba y se adentra en un nuevo escenario en el que resuenan, aun con indisimulado acento andaluz, reconocibles ecos de Waits, Dylan o Petty. “Me sigo sintiendo con el espíritu que tenía con 16 años, pero con otros gustos y otras influencias”, argumenta. “Mucha gente puede decir que he perdido distorsión, porque uno crece y va conociendo otras cosas, pero la tensión no se pierde. Hay otros instrumentos, te pega la patada en el pecho de otra manera. Para que haya tensión y agresividad no hace falta una guitarra al 10 ni hacer heavy.”

Albertucho
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