Shangaan Electro – El hipercinético latido de Soweto

No es sólo un baile, ni un estilo musical. Es el movimiento, el sonido y el latido de todo un pueblo. Un latido muy, muy rápido, que desencaja los huesos y pulveriza cualquier récord para llegar a unos vertiginosos 189 beats por minuto capaces de hacer morder el polvo al más experto en la pista de baile. Sin embargo, no es en los clubs de ninguna populosa urbe donde el Shangaan Electro tiene su origen, sino en las calles de las poblaciones de la septentrional provincia sudafricana de Gaza, hogar de la etnia Tsonga y cuna del sonido Shangaan tradicional, caracterizado por las fluidas líneas de guitarra y percusión ejecutadas en su día por artistas como Thomas Chauke, Peter Tangwena o el General MD Shirinda, conocido por su participación en el mítico y multiplatino “Graceland” de Paul Simon.

Shangaan Electro

Eso fue en 1986, y tras esa puntual exposición al público masivo, el Shangaan continúo recluido en las ondas de Munghana Lonene FM, una pequeña emisora que emitía en tsonga y cuyo alcance apenas incluía la región de Limpopo, origen del hombre que lo cambió todo: Richard Mthetwa, más conocido como Nozinja. Creador, ideólogo, padrino y embajador del Shangaan Electro, Mthetwa pasó de regentar una tienda de reparación de móviles a dotar de voz a toda una generación, respetuosa con la identidad y la herencia de sus mayores pero ansiosa por desarrollar un lenguaje propio.

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BABY WOODROSE – Gruta 77 (Madrid), 08/01/2010

Lorenzo Woodrose está en buena forma. Muy buena. Cerró el pasado ejercicio facturando con sus propias manos uno de los más reivindicables álbumes de la temporada y ha arrancado el presente rayando a similar nivel en directo, para gozo y deleite de aquellos que no le han vuelto la espalda y contrariedad de más de un cenizo que lo dio prematuramente por perdido en sus vicios y demonios internos. Puso en órbita el danés un repertorio vigoroso y embriagador, cimentado casi exclusivamente en su triada más rotunda y concisa (los seminales Blow Your Mind y Money For Soul y el mencionado Baby Woodrose) y salpimentado por su tributo a los nunca bien ponderados The Painted Faces en forma de “I Lost You In My Mind”, la concesión a su indisimulada vena más pop con el “Till The End Of The Day” de los Kinks y su sorprendente relectura en clave de medio tiempo del “Beat City” de The Raveonettes, puntual remanso de calma entre la distorsión y la fogosidad dominantes. Con una segunda guitarra ocupando el lugar del Hammond como cuarto huésped de la nave, el acento psicodélico devino esta vez en arrebato eléctrico y los cuelgues oníricos mudaron en paroxismo guitarrero, dejando para mejor ocasión la hipnosis y la experimentación y desbocando en su lugar la vertiente más fibrosa y frenética de la criatura, mucho menos narcótica pero igualmente subyugante. Tanto como cabía esperar o incluso más.

Publicada en el número 268 (febrero de 2010) de la revista Ruta 66

Corpse Paint – Las pinturas de guerra de Satán

Per Yngve Ohlin, más conocido como Dead, era un hombre profundamente obsesionado con la muerte. Un individuo melancólico, oscuro y depresivo, que se veía a sí mismo como un auténtico muerto en vida y que se empeñó en llevar su tanática pulsión hasta el extremo en todos los sentidos, culminando con su sangriento suicido a la edad de 22 años en 1991. Un trágico punto y final no demasiado sorprendente para una trayectoria en la que su afán por alcanzar nuevas cotas de extremismo con Mayhem (banda de la cual fue vocalista desde 1988 hasta la fecha de su óbito) lo llevó a rodearse constantemente de muerte, putrefacción y automutilación, reconvirtiendo incluso su propia imagen en la de un cadáver por medio del corpse paint, estilo de maquillaje facial y corporal indisolublemente asociado desde entonces con el black metal noruego. No fue el suyo el primero, ni quizás tampoco el más definitorio, pero sí puede considerarse como el responsable de su popularización y de su conversión en elemento casi obligatorio en una escena en la que el impacto visual y el componente ceremonial poseen una importancia capital.

Corpse Paint
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LOS CHICOS – We Sound Amazing But We Look Like Shit

(DIRTY WATER RECORDS)

No es de extrañar que los madrileños se sientan mucho más orgullosos del sonido alcanzado en su cuarto disco que de su look de irredentos crápulas tabernarios, y no sólo por el innegable modo en que este último flirtea con el desastre. Pueden y deben encontrarse satisfechos por haber logrado de una maldita vez un disco que le hace verdadera justicia a lo que el grupo es y representa, enlatando buena parte (el total sería sencillamente imposible) de lo que desarrollan en el hipervitaminado pandemonio que son sus directos, faceta en la que su reputación no conoce rival y que por algo les ha llevado a convertirse en uno de nuestros combos más internacionales. Quizás por ser precisamente esta la primera ocasión en la que la banda no ha concebido el álbum como un mero pretexto para lanzarse de cabeza a su hábitat natural, sino como un fin en sí mismo desde la primera hasta la última de sus canciones, Los Chicos han fraguado aquí un trabajo que asienta definitivamente su desbordante personalidad con un sonido que, por encima de cualquier referencia, suena a ellos mismos de modo inequívoco y nos trae algunos de los temas más potentes, frescos y divertidos que jamás hayan grabado. Tal vez con una mayor limpieza de la habitual en ellos y con unas gotas de powerpop más perceptibles en su habitual mixtura de rock, R&B, punk, garage y blues, pero, por encima de todo, con una vitalidad, una energía, una creatividad y un buen gusto envidiables desde la elección de todos y cada uno de los invitados que participan en el disco hasta la preciosa portada que lo envuelve. Así se hacen las cosas.

Publicada en el número 15 (noviembre de 2010) de la revista Rock Estatal

DEPEDRO – Papiroflexia Emocional

La apuesta más íntima y personal de Jairo Zavala (La Vacazul, 3000 Hombres, Amaparanoia…), aquella con la que el madrileño da rienda suelta a su faceta más cálida, relajada y aperturista, ya tiene continuación a su aclamado debut. Tras dos años de carretera infinita, buena parte de ella recorrida junto a Calexico en su doble rol de telonero y guitarrista de los de Tucson, ve la luz ‘Nubes de Papel’, consolidación y ampliación de un expansivo crisol de influencias y matices que bebe con igual falta de prejuicios del flamenco, el blues o el folk y de los ritmos latinos, africanos o brasileños.

¿Cuáles serían las principales diferencias entre ‘Nubes de Papel’ y tu primer disco como Depedro?

Ha habido diferencias sobre todo en el proceso de grabación, que ha tenido lugar durante estos dos últimos años de viajes. No he esperado a tener todas las canciones acabadas para meterme un mes en el estudio a hacerlo. Si estaba en Arizona y por lo que fuera tenía una semana libre, intentaba pillar tres días de estudio y me metía ahí a grabar lo que tenía en la cabeza, y lo mismo aquí en Madrid. A nivel de composición y producción hay más colores, porque he tocado con muchos artistas en muchos festivales en diferentes países, con diferentes culturas, diferentes acentos… y todo eso acaba ahí, inevitablemente. También es un disco más reflexivo, en el que he hecho mayor hincapié en las letras y me he currado más cómo depurar la emoción que quiero transmitir para que llegue de una manera más clara. Yo creo que ha sido por la cantidad de horas que me he pasado esperando aviones o metido en furgonetas (Risas). Sigue leyendo

CINDERELLA. La Riviera (Madrid), 09/06/2010

Curioso ha resultado tener la oportunidad de tomarle el pulso, con apenas cinco días de diferencia, a las luces y las sombras de los que otrora fueran protector mecenas (Jon Bon Jovi) y aventajado alumno (Tom Keifer). Mientras uno, convertido en eterno chico del póster, revienta estadios a golpe de inofensivo y descafeinado pop rock para toda la familia, el otro, instalado en confortable Día de la Marmota, pasea por los casinos del Medio Oeste una discografía voluntariamente congelada hace casi veinte años. Nada esencialmente indigno ni glorioso en ninguno de los dos casos, si bien el corazón y la entrepierna invitan a decantarse por el que, aun economizando esfuerzos y entrega, mantiene su fidelidad al hard rock y todavía recuerda cómo extraer los quilates atesorados en Night Songs, Long Cold Winter o Heartbreak Station (Still Climbing continúa tan olvidado por Keifer como lo ha estado el Viejo Continente hasta esta sorpresiva escapada trasatlántica). No cabía esperar grandes alardes y no los hubo, ni en duración ni en despliegue de energía, pero tampoco hubo lugar para la decepción ni el reproche hacia una banda que aún hace gala de un muy aceptable estado de forma, despacha lo suyo con más dignidad y coherencia que la mayoría de sus coetáneos y no necesita recurrir a los excesos de pirotecnia o nostalgia para satisfacer a un público que, dicho sea de paso, venía de casa más que predispuesto a ello. Para alguien que vio pasar su tren hace ya dos décadas, más que suficiente.

Publicada en el número 273 (julio/agosto de 2010) de la revista Ruta 66

Pin-Ups del Siglo XXI

Pin-Up, cheesecake, chica del póster… Puedes llamarla como quieras, pero lo que está claro es que sus carnosos labios rojo carmín, sus voluminosos pechos y sus piernas infinitas han vuelto con más fuerza y presencia que nunca. Dentro del desbordante revival que vivimos actualmente y que fagocita, recrea y explota sin pudor cualquier elemento que tenga que ver con la iconografía de las décadas de los 40 y los 50 (en Estados Unidos, por supuesto), no podía faltar el más sensual y glamuroso de todos ellos: la chica explosiva de cuerpo perfecto y rostro angelical que lanzaba desde las portadas de las revistas una mirada inocente y seductora a partes iguales.

Dita Von Teese

Un poderosísimo icono que, más de medio siglo después, mantiene intacto todo su esplendor y su encanto, gracias a su capacidad de evocación de un momento y un lugar que, pese a resultarnos totalmente ajeno y distante, percibimos como dorado. El music hall, el Hollywood clásico, el cabaret, los nuevos aires de libertad… y una Segunda Guerra Mundial en la que los soldados norteamericanos decoraban sus taquillas y los morros de sus aviones con las imágenes de aquellas seductoras figuras, amuleto de la suerte en combate y motivo más que sobrado para soñar con volver a casa de una pieza y estrecharlas en sus brazos.

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THE WILDHEARTS. El Sol (Madrid), 16/10/2008

The Wildhearts

Grupo maldito, banda de culto, bastardos sin suerte… Lugares comunes y sandeces más o menos afortunadas para recalcar algo tan obvio como el hecho de que The Wildhearts son una formación con un discografía sin fisuras y un directo superlativo, pero con un predicamento y una capacidad de convocatoria muy inferiores a los que corresponderían a un combo con semejantes galones. Al diablo con todo: los asistentes a los tres recitales peninsulares de los británicos saben que los desgraciados son los otros, los que se lo perdieron. Tildar de históricas estas actuaciones nos devolvería al maniqueo territorio de la frase hecha, aunque poco menos se puede decir de un bolo que arranca con dos sopapos como «Vanilla Radio» y «Caffeine Bomb» y ya no afloja el pistón en ningún momento, agarrándote por el pescuezo y no dejándote ni una sola vértebra en su sitio. No se queda la cosa, sin embargo, en el simple despliegue de pepinazos punkrockeros vibrantes y desbocados, pues si bien en ese terreno The Wildhearts combustionan a plena potencia, no lo hacen menos en el desarrollo de auténticas gemas de orfebrería metal pop, evidencias de la hiperbólica efervescencia creativa del viejo Ginger y de la capacidad de la banda para bascular entre la melodía de «Sick Of Drugs» y la rabia furibunda de «Suckerpunch», apabullar con un monolítico «Everlone» y soltar una revisión del «Carmelita» del difunto Warren Zevon como el que no quiere la cosa. La liaron tan gorda que consiguieron dejarse alucinados a sí mismos (las caras de sorpresa y satisfacción de Ginger y CJ al ver la sala en pleno coreando «Rooting For The Bad Guy» fueron para enmarcarlas), montando tal jolgorio que hasta Jason Ringenberg decidió adelantar una noche su aparición sobre el escenario de El Sol y sumarse a la fiesta con versión de los Scorchers incluida. Con el debido respeto a Stacey Earle y Mark Stuart, dudo muchísimo que el de Illinois disfrutase del mismo modo al día siguiente…

Publicada en el nº 255 (diciembre de 2008) de la revista Ruta 66

Honda Cafe Fifty – Ejercicio de buen gusto

Concebida como robusto vehículo de uso diario y construida a capricho hasta el último detalle por Borja, un obseso de las transformaciones de aspecto clásico y componentes modernos, esta preciosidad es la reencarnación de una Honda CB 750 Seven Fifty del 92 de la cual se han mantenido únicamente la parte central del chasis de serie y el motor, elegido precisamente por su dureza y fiabilidad.

Honda Cafe Fifty

Partiendo de la idea de una moto baja, larga y gorda, de diseño sencillo y elegante, su propietario ha buscado una tetracilíndirica con la que moverse a buena velocidad sin que la flojera de su puño derecho y la potencia de una moto actual lo traicionasen, y que tuviese además ese sonido, olor y comportamiento que sólo transmite una moto de 20 años. Una imagen y un objetivo a los que Borja les ha estado dando vueltas durante mucho tiempo, y que finalmente ha podido llevar a cabo tras vender su anterior Ducati Sport Classic, disponer de un espacio adecuado en el que robarle muchas horas a los días y las noches y engañar a toda la familia para apoyarlo y echarle más de un cable. Siendo la primera moto que transformaba en serio y desde cero, los problemas con los que se ha encontrado y que la experiencia quizás habría evitado no han sido pocos, pero bien han merecido la pena todos los esfuerzos (incluido el económico) a tenor de los resultados.

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FU MANCHU. Moby Dick (Madrid), 04/02/2010

Fu Manchu

Menos mal que vinieron Fu Manchu a poner las cosas en su sitio y brindarle a la parroquia stoner un bolo en condiciones, porque lo de Nebula de apenas una semana antes fue como para correrlos a gorrazos de vuelta a Los Angeles. Muy al contrario, allí donde Eddie Glass y sus mercenarios no mostraron sino apatía y desidia (amén de algunas señales de que lo suyo tenía mucho más de intoxicación severa que de jet lag), sus ex-compinches se entregaron como bestias a la edificación de un solidísimo e infranqueable muro de riffs, aplicando un severo correctivo a los tímpanos allí apiñados como chinches. Bronco y furioso, duro y a la encía. Cierto es que lo hicieron sin saltarse ni una línea del guión estipulado ni sorprender mínimamente a nadie, pero ni ellos lo pretenden (pocos alardes imaginativos han buscado en el efectivo pero esencialmente caligráfico Signs Of Infinite Power), ni parece que nadie se lo vaya a demandar demasiado mientras sean cosas como «Laserbl’ast!», «King Of The Road» o «Evil Eye» con las que sigan dando la matraca. Al fin y al cabo, el género da para lo que da y tampoco vamos a venir a refundarlo ahora…

Publicada en el nº 269 (marzo de 2009) de la revista Ruta 66