Chanson Rusa – Melodías desde el gulag

La vida en prisión, el arrepentimiento, la búsqueda de expiación y, cómo no, el amor perdido por la privación de libertad. Temas habituales en infinidad de canciones, que casi automáticamente nos llevan a pensar en géneros musicales tan inequívocamente anglosajones como el blues, el country o el gansta rap. Pero no es este el caso. La desgarrada voz del bardo que nos ocupa procede de una celda y canta en ruso, entonando con melancólica épica blatnaya pesnya (canciones criminales) que conforman la banda sonora oficiosa de una nación en la que, tal y como reza el proverbio, “nadie está a salvo de la cárcel ni de la pobreza”.

Chanson Rusa

Pese a que el término “chanson rusa” sea un neologismo acuñado en la década de los 90, sus raíces provienen de la Rusia prerrevolucionaria, en la que los siervos y prisioneros políticos de los zares (futuros líderes bolcheviques entre ellos) ya lamentaban en forma de canciones el infortunio y el dolor del encierro, plantando así la semilla de un legado melódico y poético incomparable al de la música carcelaria de cualquier otro lugar del mundo y fundamental para el folklore ruso desde entonces hasta nuestros días.

La Revolución de Octubre, la Guerra Civil y los años de la Nueva Política Económica fueron sucediéndose paralelamente a la popularización del nuevo género, que cobraría un nuevo significado con la represión estalinista y los gulags, en los que la chanson comienza a combinar la temática de la vida en la prisión y los campos de trabajo con críticas más o menos veladas e irónicas hacia el sistema soviético (elemento del que, décadas después, los norteamericanos intentarán servirse con fines propagandísticos). Durante los gobiernos de Khrushchev y Brézhnev estas canciones dan el salto más allá de los barrotes de la cárcel, comenzando a sonar en las casas y en pequeños conciertos clandestinos, al tiempo que primerizas grabaciones piratas comienzan a circular de mano en mano de forma cada vez más extendida. Entre esas manos estarán, anecdóticamente, las de un joven estudiante de la escuela de la KGB llamado Vladímir Putin.

La Perestroika promovida por Mijaíl Gorbachov y caída de la Unión Soviética a finales de la década de los 80 permiten finalmente que la chanson deje de ser un término prohibido y sus artistas abandonen la semiclandestinidad en que se movían hasta entonces, si bien el género continúa contemplándose como proscrito desde muchos ámbitos y atrayendo no pocas iras de la clase política, que lo considera “propaganda de la subcultura criminal”. En Siberia, por ejemplo, la normativa prohíbe bajo amenaza de despido que los conductores de los autobuses urbanos hagan sonar en ellos “chanson u otras músicas obscenas”. En las calles, sin embargo, las canciones de fundadores como Alexander Novikov, Villi Tokarev o Mikhail Shufutinsky y las de nuevas figuras como Stas Mikhaylov, Elena Vaenga o Grigory Leps (cuyo nombre figura en las listas negras del Departamento del Tesoro americano como sospechoso de tener vínculos con la mafia) forman parte de una cultura popular paralela a la oficial y son conocidas prácticamente por todo el mundo, que apenas las identifica ya con el folklore carcelario pese a lo evidente de su temática.

Chanson Rusa - Grigory Leps

De ese modo, la chanson cuenta a día de hoy con una esquizofrénica doble identidad fruto de las “libertades” del capitalismo salvaje y del legado del totalitarismo, apareciendo como un producto casi ilegal pero anunciado con neón, oficialmente desaconsejado pero tácitamente admitido. Y beneficiado, por ende, del atractivo de la fruta prohibida, que ha aupado a emisoras especializadas como Radio Petrograd Russky Chanson o la moscovita Radio Chanson a los primeros puestos en los rankings de audiencias. Un incuestionable éxito, difícil de cuantificar en lo que a ventas se refiere por el efecto de una piratería ligada al género desde sus inicios, que coexiste con situaciones tan paradójicas como la que se vivió en una reciente entrega de premios, en la que la sintonía de Radio Chanson fue interpretada por el coro del MVD (Ministerio del Interior ruso), o con el hecho de que los cheques más jugosos que los artistas de la chanson reciben provengan de las bodas y fiestas de las más altas clases de Rusia, como el cumpleaños de Vladimir Zhirinovsky (político ultranacionalista). Incluso una de las actuales estrellas del género, Aleksandr Rozenbaum, ocupa un escaño en el Parlamento ruso como miembro de Rusia Unida, el partido de Putin.

Consolidada, extendida y reconocida masivamente más de un siglo después de su aparición, la chanson se enfrenta actualmente a un cierto desinterés por parte de la juventud rusa, que la considera música trasnochada y propia de la era soviética pese a algunos intentos como los de Grigory Leps por fusionarla con el rock. Escenas como las vividas en el funeral de Mikhail Krug (considerado como “el rey de la chanson rusa”), al que asistieron cientos de miles de personas, apuntan sin embargo a una larga pervivencia del género.

Publicado en el número 2 (febrero de 2015) de la revista Playlist